domingo, 3 de octubre de 2010

Paraísos

Como pequeñas hormiguitas, tus dedos van recorriendo, juguetones, las líneas de mi espalda. Parece que quieras aprenderte de memoria cada una de mis curvas, apenas reconocibles al contraluz del sol de media tarde. Es en ese instante, exhaustos, sudorosos, y saciados el uno del otro, en el que todo queda en calma y se detienen los relojes, cuando me gusta mirarte sin que te percates. Tú sigues relajado, ahí tendido, perdido en tu pequeño paraíso, y yo puedo dejar volar mi imaginación y observarte hasta gastar cada poro de tu piel… tu piel, erizada y expectante, como más se me apetece. Tus labios entre abiertos, agotados, y en ellos todavía mi saliva. Tus ojos que, de repente, vuelven a este mundo para encontrarse con los míos. Y en ti, esa mirada que me dice que no me mueva nunca de tu lado. Y para cuando queremos darnos cuenta, ha vuelto a girar la noria y me encuentro de nuevo con mi boca en tu cuello. Los relojes vuelven a la vida, y tus manos vuelven a mi cintura. El alma en los labios, tu aroma en mi aroma. Mi lengua, tu oreja. El sol apagándose. La vida encendiéndose. Tus dedos, veloces, buscando por los rincones. Mi cadera. Tu cadera. Tu ritmo marcando mis latidos. Bailamos, bailamos hasta que la habitación queda completamente en penumbra. Rugimos…. Y después, todo en calma, mientras besas mi libertad y me agarras por la cintura como si fuera a marcharme.

Amor…no pienso irme a ninguna parte.

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